Las golondrinas siempre vuelven. Siempre. Hoy he escuchado sus ruídos entre los árboles con el regalo de los primeros rayos de sol y la nueva temperatura. Respiré hondo y me sentí como ellas, contenta y quitando esa pátina de hielo que me enfrió el corazón y el alma.
Suspiré...
Y soñé... .
Me tumbé a solas con mi intimidad y me despojé de mi capa de humedad. Traje a mi mente mil recuerdos y dos sensaciones: el calor del sol y el contacto con la arena. Me ví en la playa y acaricié mis muslos para notar que el calor volvía a mí. Resurgí con mis dedos entre mis pliegues y hundí con potencia y rabia una y otra vez la polla que tenía entre mis manos. Entré y salí del ahogo que venía a mi garganta, de las mil penas y mil lamentos que, a veces, me acechan. Te llamé, dije tu nombre, para que volara mi olor hacia tí y seguí entre rabia y sentimiento hasta que llegó, inesperadamente, el placer. Aguanté el grito en la garganta y los jadeos se multiplicaban. Me perdí y lloré. Seguí llorando hasta que cedió la tensión; seguí hundiendo entre mi eje y mis pliegues el trozo de hombre que se introducía en mí hasta que no pude más.
Volví a la realidad. Me miré al espejo y sonreí.
Estaba radiante, guapa y un poco más feliz.
Las golondrinas vuelven.
Soy otra vez.
Para tí... , una caricia y un suspiro